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Fluyendo con la vida del océano

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Esta Navidad volvimos a disfrutar de una inmersión de las que nos recuerdan por qué seguimos entrando al agua con la misma ilusión. El Cabrón, en Arinaga, nos recibió con unas condiciones inmejorables: visibilidad perfecta, buena temperatura y un fondo rebosante de vida.
Desde los primeros minutos, el fondo nos regaló momentos para quedarse quietos y observar. Dos angelotes descansaban tranquilos, uno camuflado sobre el arenal y otro posado sobre el terreno rocoso, completamente integrados en el entorno. En una pequeña cavidad, un chucho reposaba sereno, ofreciéndonos un encuentro de esos que se viven con respeto y calma.
La inmersión fue un constante ir y venir de vida: muchísimos abades y meros, trompetas, salemas, sargos y roncadores acompañando el recorrido. Medregales y bicudas cruzaban el azul, mientras las catalufas aportaban ese ambiente de profundidad tan especial. Vimos también cuatro morenas negras, enormes y preciosas, claramente activas y atentas. Una de ellas, molesta con la grabación, se alejó con su característico movimiento sinuoso hasta desaparecer entre las rocas.
Y como broche, una salpa formando una estructura hipnótica, casi perfecta, como un ADN vivo flotando frente a nosotros.
Fue una inmersión feliz, compartida, de las que suman grupo y dejan buen sabor de boca. De esas que hacía tiempo que no vivíamos así, saliendo del agua con calma, sonrisas y la certeza de haber disfrutado juntos de un auténtico regalo bajo el mar.


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